Un día de congreso, visto desde la cabina
El público ve a un orador y escucha su propio idioma. Esto es lo que ocurre al otro lado del vidrio.
Para el público, un congreso con interpretación es discretamente normal: uno retira un receptor, elige un canal y escucha. De eso se trata. Detrás del vidrio, el día tiene una forma propia.
Antes de que se llene la sala
Los intérpretes llegan bastante antes de la primera sesión. Se revisa la cabina, se prueban las consolas con el ingeniero de sonido y se confirma el relé entre cabinas, para que una pregunta hecha en portugués llegue a un panel en inglés a través del canal en español sin que nadie note el desvío.
Esa hora sirve también para el último repaso del programa: nombres, cargos, las siglas que un sector usa sin explicarlas y las dos o tres láminas que llegaron durante la noche.
Durante las sesiones
Los intérpretes trabajan en parejas y se turnan aproximadamente cada media hora. Quien no está hablando no está descansando: anota cifras, busca un término, encuentra la lámina a la que saltó el orador y controla el reloj para el cambio.
Los momentos más difíciles rara vez son los técnicos. Son los chistes, las preguntas que se gritan desde la sala sin micrófono y el panel en que tres personas hablan a la vez.
Después de los aplausos
Los glosarios se actualizan con el día todavía fresco y se anota todo lo que costó, pensando en la próxima edición del evento. Un congreso que se repite el año que viene empieza, para nosotros, apenas termina este.